La historia
Estaba trabajando de Uber y me hice un planteo que no me largaba.
No estaba conforme con mi vida: la paga era poca para las horas que le metía, mi vida social en segundo plano — hasta nula, había vuelto a vivir en la casa de mis padres y no conseguía otro trabajo. Tenía mucho tiempo libre para pensar, entre viaje y viaje.
Y me pregunté qué me gustaba hacer. Qué podía hacer durante horas sin que se sintiera como una obligación, sino porque me gustaba. Llegué a la conclusión de que era estar en la computadora. Algo que había dejado hace mucho. Y descubrí que se podía hacer dinero de esa manera.
Empecé con un curso de productos digitales: "Hacelos con inteligencia artificial, ella hace todo por vos, es una herramienta fantástica". Me di cuenta de que la tecnología había avanzado y yo ya no era tan rápido con el teclado. Tenía mucho que aprender.
Empecé con unos PDF para vender. Me salió una app sin backend, de casualidad. Y empecé a percibir que podía hacer mucho más sin tener tanto conocimiento. El conocimiento ya venía con la IA — o eso creía.
Entonces me embarqué en algo más ambicioso. Estaban de moda los chatbots, pero no había nada personalizado. Intenté con eso. Y cuando le faltaba poco para que la probaran, me di un golpazo. Fue muy duro: descubrí que mi proyecto estaba roto por todos lados. Dos días de frustración sin querer tocar un teclado. Impotencia y enojo, culpando primero a la IA. "¿Por qué no me avisó? ¿Por qué no se dio cuenta, si tenía la documentación?" Pero no me di por vencido.
La IA es muy buena como herramienta, pero como toda herramienta, hay que saber utilizarla.
Le empecé a dar reglas, porque las sigue. Empecé a ser más estructurado, para equivocarme menos. Pero la falencia más grande, la más difícil de cubrir, era mi falta de memoria.
Y ahí lo vi claro: si mejoraba la memoria de la inteligencia artificial, ella iba a poder cubrir mi falta de memoria.
Así que decidí cubrir ese aspecto. Darle memoria.
Así nació lo que hoy construí: CausaDB, construido con CausaDB. Es el producto al que tenés acceso ahora, para conseguir la ventaja que yo no tuve en ese primer proyecto ambicioso en el que me había embarcado para comenzar este viaje.
Arranqué por el dinero, no te lo voy a negar. Pero hoy lo que me mueve es otra cosa: que tu proyecto sea más sano que el mío. Que no descubras el tuyo roto por todos lados a último momento, ni pases dos días sin querer tocar un teclado. Si te ahorro un dolor de cabeza, esto ya valió la pena.
¿No me crees? Vení, te muestro.